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“Harás asimismo un altar para quemar incienso; de madera de acacia lo harás”

Éxodo 30. 1

Ya hemos acompañado al levita en su travesía de afuera hacia adentro del tabernáculo, donde primero cruzamos el atrio (encontrando en su orden el altar y el lavatorio), para entrar luego en el lugar santo, donde hallaríamos tres muebles: La mesa de los panes, el candelabro dorado y un tercero del que nos ocuparemos a continuación, el altar de incienso.

Este altar, consistente en un mueble de madera cubierto de oro puro que se localizaba al fondo, justo delante del velo que separaba el lugar santo del lugar santísimo, sería el lugar donde Aarón y su descendencia debería quemar incienso aromático cada mañana y cada noche, de generación en generación.

La mezcla, utilizada para este incienso, debía cumplir ciertas particularidades, dentro de las cuales se encontraban una estricta composición, pero aun más llamativo que aquello, era su exclusividad, la cual podemos observar en la siguiente instrucción del Señor, quien mandó, diciendo: “Os será cosa santísima. Como este incienso que harás, no os haréis otro según su composición (...) Cualquiera que hiciere otro como éste para olerlo, será cortado de entre su pueblo” (Éxodo 30. 36-38).

Por otro lado, para efectos de su combustión, este incensario debía ser encendido por medio de las brasas ardientes tomadas del altar de los sacrificios (Levítico 16.12), cuyo contacto con el perfume aromático molido le permitían desprender un humo exquisito que entraba en contacto directo con el velo, el cual actuaba como un límite absoluto para nuestro levita, pues aquel velo solamente podía ser traspasado por el Sumo sacerdote, y solamente, una vez por cada año.

Éste era, a modo muy resumido, el altar de incienso, acerca de cuyo simbolismo es mucho lo que podríamos decir, pues a lo largo de las escrituras, el incienso representa, nada más y nada menos que a las oraciones de los santos (Apocalipsis 5. 8). 

Así pues, tenemos delante del grueso velo divisor, a las oraciones del pueblo de Dios, las cuales Dios celaba diciendo que aquella mezcla de incienso aromático no podría ser utilizado para nadie más, pues debía ser considerada cosa santísima, de donde podemos comprender que nuestros ruegos y plegarias deben ser exclusivos para Él, pues no aceptará el Señor que sean dirigidos a nadie más.

Por otro lado, también podemos ver en la actividad continua de este altar perfumado, la importancia de la oración sin cesar del pueblo de Dios, llamado a encender en sus almas aquel incienso santo, mañana y noche, día tras día, de generación en generación.

Pero aun mas glorioso que todo lo anterior, es la oportunidad que tenemos de ver a Cristo a través de este altar aromático, pues, del mismo modo en que aquel incienso solo podía ser encendido gracias a las brasas ardientes del altar del sacrificio, nuestras oraciones ascienden al Padre como olor fragante, no por causa de nuestra elocuencia, sino únicamente gracias a la obra expiatoria de nuestro bendito Salvador en la cruz, quien no solo enciende esas oraciones por nosotros, sino que además les ha abierto libre acceso al Padre, de una vez y para siempre, pues en el mismo momento en el que el Cordero fue inmolado “el velo del templo se rasgó por la mitad” (Lucas 23. 45), concediéndonos, inmutable y plena entrada a ese maravilloso lugar Santísimo, al sublime corazón del tabernáculo, no una vez al año como Aarón, sino cada día, cada hora, cada minuto y cada segundo de nuestra existencia.

¡Oremos hermanos! ¡Oremos este santo incienso sin cesar! Pues gracias a Cristo, podemos hoy tener la suma certeza y privilegio de que Dios Padre, en su gracia, siempre nos oye y que eternamente, nos oirá.