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“Y dijo Moisés a Aarón: Toma una vasija y pon en ella un gomer de maná, y ponlo delante de Jehová, para que sea guardado para vuestros descendientes”

Éxodo 16. 33

Pero en ese trayecto de nuestro levita de afuera hacia adentro del tabernáculo, hemos llegado hasta el velo que separaba el lugar santo del lugar santísimo, el cual, como hemos visto, solo podía ser traspasado por el Sumo Sacerdote, una vez por cada año. Así que, debemos despedirnos por un momento de nuestro levita guía para proseguir nuestra travesía, bajo los ojos de Aarón, rumbo al corazón mismo del tabernáculo.

Así pues, corriendo el velo de casi ocho centímetros de espesor, y entrando en el lugar santísimo, encontraríamos el arca del pacto, el cual, consistía en un cofre de madera de acacia forrada en oro, con una tapa de oro macizo llamada Propiciatorio de la cual emergían dos querubines dorados (uno a cada lado), y en cuyo interior reposaban tres elementos: Las tablas de la Ley, la vara de Aarón y una porción del maná.

Con respecto al maná, debemos recordar que se trataba de un alimento blanco similar a hojuelas con sabor a miel, el cual Dios hizo descender del cielo con el fin de sostener a Su pueblo en su transitar por el desierto, a lo largo de los 40 años que duró aquel peregrinar rumbo a la tierra prometida. Mas Dios, queriendo recordar al pueblo acerca de esta muestra de Su fidelidad, poder y gracia, ordenó a Moisés con respecto al maná, diciendo: “Llenad un gomer de él, y guardadlo para vuestros descendientes, a fin de que vean el pan que yo os di a comer en el desierto, cuando yo os saqué de la tierra de Egipto” (Éxodo 16. 32), por lo que Moisés tomó de aquel maná, tal y como le había sido ordenado, y lo depositó en el arca del testimonio para bendición de las futuras generaciones.

Hoy nosotros, como descendientes espirituales de aquel pacto a Moisés, no contamos precisamente con aquel maná del arca, del mismo modo en que tampoco contamos con el arca, ni con muchas cosas materiales que el Señor decidió no preservar a lo largo de la historia, quizá para salvaguardarnos de no convertir esos elementos en nuestro objeto de idolatría. Pero, para bendición eterna de nuestras almas, sí contamos hoy con el verdadero maná al cual apuntaba ese imperfecto del antiguo testamento, pues dice el Señor Jesús, señalándose a sí mismo: “Este es el pan que descendió del cielo; no como vuestros padres comieron el maná, y murieron; el que come de este pan, vivirá eternamente” (Juan 6. 58).

Y así es como ahora entendemos por Su palabra, que además de habernos liberado de ese Egipto nuestro que era nuestra vieja y pecaminosa manera de vivir, Dios nos ha asegurado, desde el cielo, de un alimento que para siempre saciará el hambre y la sed de nuestra alma, a lo largo de todo nuestro transitar por este desierto, que es nuestra vida terrenal. Por lo cual, no hay razón para temer que en cualquier momento pudiéramos quedar tendidos en la arena a medio camino sin haber recibido lo prometido. No. Eso no sucederá, pues este verdadero Pan del cielo ha dicho que, en Su gracia, nos sostendrá hasta el final en nuestro peregrinar rumbo a la verdadera Tierra Prometida, que es aquella herencia celestial preparada para todos aquellos que, por medio de la fe, han comido del perfecto maná, de Cristo, y han vivido para siempre.