“Harás también una fuente de bronce, con su base de bronce, para lavar; y la colocarás entre el tabernáculo de reunión y el altar, y pondrás en ella agua”
Éxodo 30. 18
Ayer hablamos acerca del altar, el primer mueble del tabernáculo y que simbolizaba el Justo juicio de Dios. Pero ahora, siguiendo esa travesía del levita de afuera hacia adentro, el siguiente mueble que encontraría en su paso por el atrio o patio externo, sería el lavatorio, una estructura de bronce que simbolizaba la pureza y la limpieza. En él, Aarón y sus hijos debían lavar sus manos y pies, para que no murieran cuando se acercaran al altar de Dios a quemar en él las ofrendas.
Y como imaginarás, esta hermosa fuente de agua hecha de bronce también apunta a Cristo ¿De qué manera? Te lo explicaré a continuación en palabras del propio Señor Jesús.
Es bien conocido aquel pasaje del nuevo testamento, en el cual, el Señor, habiendo celebrado la última cena, se levantó y comenzó a lavar los pies de sus discípulos. Pero acontece en dicha escena que, al disponerse a lavar los pies de Pedro, el apóstol se opone y dice: “No me lavarás los pies jamás” a lo que el Señor le responde: “Si no te lavaré, no tendrás parte conmigo”, por lo que de inmediato Pedro, en una de sus muchas muestras de impulsividad, se lanza rápidamente al otro extremo respondiendo: “Señor, no solo mis pies, sino también las manos y la cabeza”.
Pedro, al parecer, no había comprendido aun el propósito espiritual de aquel lavamiento de pies, pero, el procurar ser luego lavado de pies a cabeza deja en evidencia que para aquel momento, de paso, tampoco había del todo que era el sacrificio del Cordero de Dios y ninguna otra cosa, lo que lo haría coheredero con Cristo, por lo que el Señor le dice: “El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis” (Juan 13 10).
Pero, si el propósito de este lavamiento de pies no era salvífico ¿Qué significado espiritual tenía entonces este acto de limpieza de pies realizada por el Señor?
Bueno, en aquella época, aunque las personas aseaban su cuerpo, era costumbre que los judíos lavaran sus pies al entrar a un lugar, pues el caminar con sandalias descubiertas por las empolvadas calles de la ciudad, sin duda alcanzaban a ensuciar los pies, por lo que, aunque ya estuviesen todos limpios, era cortesía, siempre, el lavarse los pies.
En un sentido espiritual, tú puedes haber sido ya lavado completamente al ser redimido en Cristo, pero sin duda, tu andar por este mundo requiere que, de día en día, Él lave tu pecado remanente por medio de Su Espíritu y del agua de Su palabra, quitando todo aquello originado en el mundo, en tu carne y en Satanás que logra acaso ensuciar tus pies espirituales al caminar. Esto nos recuerda que los creyentes necesitamos del Evangelio no solo para entrar por la puerta estrecha, sino también para caminar por esa senda angosta que lleva a la Nueva Jerusalén, en ese continuo proceso de santificación que solo Cristo puede efectuar en nosotros, y sin el cual, nadie verá a Dios.
Por tal razón, Aarón, sus hijos, Pedro, tú y yo, necesitamos de ese Lavatorio, pero no de aquel del antiguo testamento, sino del real, de Cristo, quien día tras día nos limpia en Su sangre preciosa, pues el que comenzó en nosotros la buena obra, ha prometido que “la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1. 6).