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“Aquel día yo cumpliré contra Elí todas las cosas que he dicho sobre su casa, desde el principio hasta el fin. Y le mostraré que yo juzgaré su casa para siempre, por la iniquidad que él sabe; porque sus hijos han blasfemado a Dios, y él no los ha estorbado.”

1 Samuel 3. 12-13

No tengo hijos, pero tal vez la paternidad sea una de las relaciones humanas con mayor potencial para traer inmensa alegría o inmenso dolor, según el caso, al corazón de una persona. Mas no solo eso, sino que, además, el ejercicio de la paternidad en armonía con lo que Dios manda, implica una enorme dosis de responsabilidad, paciencia, fe y perseverancia en amor, dado que involucra muchísimo mas que el cuidado físico, extendiéndose a un campo mucho mas profundo y espiritual, acerca de lo cual encontramos instrucción en Deuteronomio 6. 6, donde Dios se dirige a su pueblo, diciendo: “Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte y cuando te levantes”.

Pero, como siempre ocurre, nos es posible encontrar en la Biblia casos de personas que, al desatender el Consejo de Dios, terminaron cosechando las consecuencias de su desobediencia y de su falta de carácter. Así es como encontramos el ejemplo del sacerdote Eli, quien recibiría un duro juicio de parte de Dios debido a que a pesar de estar perfectamente enterado de que sus hijos estaban blasfemando el nombre del Señor, él simplemente, por comodidad, pereza, incredulidad, indiferencia, o quien sabe por que otra razón, decidió deliberadamente ignorar la situación de sus hijos, para no disciplinarlos. Eli había faltado al mandamiento de Deuteronomio 6, y, por tanto, debía recoger el amargo fruto de su desobediencia, viendo el castigo que Dios traería sobre él y sobre sus propios hijos rebeldes.

Una de las maneras mas evidentes en que un padre puede demostrar el amor hacia su hijo es instruyéndolo en el Señor, y disciplinándolo cuando es debido, aun a pesar de las incomodidades y tristezas que eso pueda traer al ambiente de hogar; y esto debe ser así no solo porque Dios mismo nos manda que así debe ser, sino porque Dios mismo lo hace así con nosotros, “porque el Señor, al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo” (Hebreos 12.6)

Pero, así como vemos el triste ejemplo de Eli, también encontramos el ejemplo de Samuel, hombre piadoso de quien no encontramos tacha a lo largo de las Escrituras, pero cuyos hijos, “no anduvieron en los caminos de su padre, (sino que) antes se volvieron tras la avaricia, dejándose sobornar y pervirtiendo el derecho” (1 Samuel 8. 3). Que duro habría sido para Samuel algo así ¿verdad? Pero aquí vemos con claridad que el desvío de sus hijos no fue necesariamente producto de la falta de diligencia de Samuel en atender, como padre, a Deuteronomio 6, sino a la dureza propia de los corazones de sus hijos. En este ejemplo entendemos entonces, que aun cuando un padre pueda esmerarse por mostrar a sus hijos la senda correcta, finalmente será responsabilidad de los hijos el seguirla.

Dios ayude entonces a todos aquellos padres y madres, no solo para que sean diligentes en esta difícil y preciosa labor; sino también para que puedan descansar el resultado salvífico de sus hijos en la soberana decisión del Señor. Pero de igual modo, Dios ayude a los hijos, no solo a valorar y atender de todo corazón a la grandiosa bendición que implica el poder contar con padres piadosos y esforzados; sino también a ser conscientes de que la responsabilidad de creer en Cristo para salvación recae en últimas en cada alma, de manera individual.