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“Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse”

Romanos 8. 18

Por lo general, cuando pensamos en el sacrificio de Cristo, pensamos en los latigazos sobre su cuerpo, en la humillación, en los escupitajos, en la tortura de llevar la cruz hasta su lugar, en la desnudez, en la corona de espinas clavada en su cabeza; y posteriormente en los clavos perforando sus manos y pies, en la intensa sed, en el ahogo propio de la crucifixión, en el desangramiento y en la agonía que lo condujo finalmente hasta la muerte. Pero si tan solo nos centramos en ello, en los padecimientos puramente físicos, nos estaríamos perdiendo del eje principal de este glorioso sacrificio, ya que el Hijo de Dios sufrió muchísimo más que todo lo que acabamos de enumerar, pues Cristo experimentó, en Sí mismo, toda la ira de Dios propia del Juicio eterno que merecía no uno, sino cada uno de los creyentes pertenecientes a Su iglesia universal. 

Aquel día, Dios tomó a Su amado Hijo, quien no había conocido pecado, y en la cruz lo hizo pecado, para que nosotros pudiéramos ser justos por medio de Él (2 Corintios 5. 21), y así fue como Cristo nos redimió de la maldición de la ley, haciéndose maldito a sí mismo por nosotros (Gálatas 3. 13a), y aquello lo hizo mientras todos nosotros éramos abiertos enemigos Suyos, agradándonos en quebrantar cada uno de sus mandamientos ¿Entregarías a tu amado hijo y le quitarías la vida para favorecer a tus enemigos? Imposible ¿Verdad? Bueno, Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, definieron desde la eternidad pasada que así lo harían por amor a ti, si has creído en Cristo como tu único y suficiente Salvador.

Cristo vivió en carne propia el indescriptible dolor de lo que significa recibir sobre sí mismo la ira eterna de Dios, algo que ningún ser humano conoce (excepto quienes ya están en el infierno), pues las aflicciones del tiempo presente, la pandemia, el dolor y la enfermedad, por intensas que sean, no son comparables con experimentar en carne propia el Juicio eterno de Dios. Pero también hay una maravillosa contraparte, pues para aquellos que hemos creído en Cristo, “las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Romanos 8. 18), pues no hay padecimiento, dolor, pandemia o enfermedad que se equiparen en intensidad al deleite inmensurable que experimentará todo creyente una vez despierte en la presencia del Señor eternamente. Haz tan solo el intento, y piensa en como será aquel Cielo lleno de gozo indescriptible, y luego de haberlo hecho, date cuenta que en todo caso lo habrás subestimado, pues tu Herencia celestial es Dios mismo, y no puedes imaginar a Dios (ni tampoco deberías hacerlo). Pero no tienes que esperar hasta que dejes esta vida para poder experimentar aquel extraordinario deleite… alégrate desde hoy, desde hoy mismo, fijando tu mirada en Cristo, pues como está escrito: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Corintios 2. 9)