"Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos."
Hebreos 13:8
En este tiempo de pandemia hemos podido ser testigos de la falibilidad de la ciencia, pues, a pesar de todos los avances tecnológicos de los que la humanidad entera muchas veces se ha ufanado, luego de un prolongado tiempo de dedicación, inversión económica y permanente esfuerzo, el COVID19 sigue libre, sin cura ni vacuna.
Pero así como hemos podido ver la falibilidad de la ciencia, también hemos podido ser testigos de su mutabilidad, pues, en pocos meses, o incluso semanas, ha sido evidente cómo algunas recomendaciones y terapias que en algún punto se llegaron a considerar útiles en el manejo de esta enfermedad, luego han sido cuestionadas, e incluso, rápidamente desaconsejadas y abandonadas.
Esta situación ha sumido al mundo aún más en la incertidumbre, pues ni los gobiernos ni sus gobernados cuentan con un panorama claro bajo el amparo del cual proyectar sus políticas ni sus economías al corto, mediano o largo plazo, y de este modo, el planeta entero ha podido experimentar que cuando alguna autoridad en la cual deposita el hombre toda su confianza se descubre ante sus ojos así de cambiante y vulnerable como ha ocurrido hoy con la ciencia, el temor encuentra entonces, con toda razón, un lugar propicio donde construirse un amplio nido dentro de los corazones humanos decepcionados y desesperados.
Y esto tan solo por hablar del COVID19, es decir, de una enfermedad puntual que halló cabida puntual en un lugar de la historia. Pero, si queremos ir más allá, pensemos en cuantas veces la medicina ha errado o cambiado en el pasado... y, pensemos también en cuántas veces lo han hecho la política, la economía, la justicia, la física y demás ciencias. Todas ellas, sin excepción, en algún momento de la historia, o han fallado o han cambiado (o ambas cosas), y esto por la sencilla razón de que su autor, el hombre, constantemente falla y cambia, repitiendo de manera cíclica aquel patrón en el cual lo que ayer era verdad indiscutible, resulta que hoy ya no lo es.
¡Cuan radicalmente diferente es la Palabra de Dios! Que nunca ha cambiado ni cambiará... aquella que es suficiente... aquella que es la verdad absoluta y de la cual, en palabras de Cristo mismo, ni una jota, ni una tilde dejarán de hallar cabal cumplimiento. Ella es el único lugar en esta vida, en el que sin ninguna sombra de duda, puedes depositar de manera plena tu alma y corazón; tu vida pasada, presente y eterna; tu confianza, tu fe y tu esperanza; pues ella es la imagen revelada de Su Autor, Dios mismo, quien a su vez es perfecto, bueno, sabio, inmutable, Santo, misericordioso, justo, todopoderoso, omnipresente y omnisciente, por tan solo mencionar de manera limitada algunos de Sus infinitos atributos. La palabra de Dios nunca falla ni cambia, por la sencilla razón de que su Autor, Dios, nunca falla ni cambia. Y así, cuando nuestro corazón está firme en la Palabra Divina, dificilmente hallará el temor un lugar donde anidarse, porque a su llegada lo hallará todo ocupado por las promesas de Dios y por la fe gozosa en un Padre, que en Cristo llevó a cabo la mayor obra de Amor que se conocerá jamás en esta vida y en la que viene, pues Cristo es el Verbo hecho carne, la Palabra humanada de Dios, el único Camino, la Verdad y la Vida.
Oremos por nuestros científicos ¡Claro! Por si acaso Dios permita que hallen alguna vacuna o tratamiento. Pero más que eso, oremos porque muchos corazones vengan en este tiempo al conocimiento personal y salvífico de Cristo, para que en Él, y solo en Él, puedan sus corazones vivir, y un día, dormir confiados, pues nuestro enemigo real no es el Coronavirus, nuestro enemigo real es, y siempre ha sido, el pecado del corazón humano.