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"Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto."

Mateo 5. 48

Alguien que conozco decía: "el objetivo de la vida es llegar al día del juicio Divino con la menor cantidad de pecados posible", y es una frase que me encanta, porque resume en pocas palabras lo que la mayoría de personas cree erróneamente acerca de la justicia de Dios. De alguna manera la tradición popular y el humanismo han creado un dios al que podemos conquistar, como el galán conquista o reconquista, por mérito propio, a su bella doncella.

Pero, la justicia del Dios de la Biblia es trascendentalmente diferente, pues si quieres ganar por ti mismo el amor de Dios, debes hacer esto: "Perfecto serás delante de Jehová tu Dios" (Deuteronomio 18. 13), y ahora, mientras meditas en lo que significa ser perfecto como Dios, te pregunto ¿Has sido perfecto? ¿Has cumplido desde tu nacimiento hasta hoy cada uno de los puntos de Su palabra en absoluta totalidad? Y estoy seguro de que, si eres honesto con tu consciencia, sabrás que no has sido perfecto como Dios, que has fallado, y por tanto, este es el veredicto justo del Señor para ti: estás "destituido de la gloria de Dios" (Romanos 3. 23).

No hay manera de entrar al Cielo, con la "menor cantidad de pecados posible", porque no hay lugar allí para los "medio" perfectos (si es que eso existe); y no hay obra, misas, ni penitencia por medio de las cuales puedas reconquistar el amor de Dios, pues ha dicho el Señor que la única manera en que puedes salvarte a ti mismo es siendo "perfecto", como Él, a lo largo de toda tu vida.

Y para esto ¿Quién es suficiente? ¿Quién de nosotros podría obedecer a cabalidad, a lo largo de toda su existencia, toda la palabra de Dios para poder entonces salvarse a sí mismo? Y aún más ¿Quién podría salvarse a sí mismo por medio de su obediencia, para estar luego en la capacidad de pagar con su vida por los pecados de otros? Nadie. Ninguno de nosotros está en capacidad de algo así, pues nuestra vida da testimonio de que estamos incapacitados para obedecer a plenitud a Dios, por lo que nos es imposible salvarnos a nosotros mismos, y mucho más salvar a otros.

Mas Cristo sí, pues Él vino a complacer a Dios en todo, y lo logró de manera perfecta, de tal modo que estando sin deuda delante de Dios, con su cuenta de pecados en cero, pudo entregar Su Vida en sacrificio perfecto delante de Dios, poniendo a su cuenta todos los pecados de aquellos que creen verdaderamente en Él.

Cuando crees en Cristo, tu cuenta de pecados queda automáticamente en ceros, y así permanece por siempre. Y si has creído en Cristo, así es como, por la obra Suya a tu favor, Dios te ve como siempre perfecto. Ahora sí puedes celebrar que Dios te ama, con el mismo amor infinito con el que ha amado eternamente a Su Hijo, Jesucristo, con quién eres coheredero de Su gloria. Eres salvo, no por algo que tú hayas hecho, sino por algo que Él hizo por ti, cuando tú no podías hacerlo.

¿Podrá haber una canción de Amor más maravillosa en esta existencia que el Evangelio de Dios?

Como vemos, las obras humanas no están hechas para recuperar el amor de Dios, sino para demostrarle nuestro amor a un Dios que, en Cristo, ya nos ama. Y entonces, ahora sí, siendo tú tan amado como lo has sido en Cristo, con el Espíritu Santo morando en tu corazón, escribe a Dios con tu propia vida tu carta de amor, con este papel y lápiz: "Si me amáis, guardad mis mandamientos." (Juan 14. 15).