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“Pondrás también sobre cada hilera incienso puro, y será para el pan como perfume, ofrenda encendida a Jehová”

Levítico 24. 7

Ya hablamos acerca del altar (que significaba el justo Juicio), y del lavatorio (que simbolizaba la pureza). Pero ahora, siguiendo nuestra travesía del levita, desde afuera hacia adentro del tabernáculo, pasaremos del patio externo o atrio, al lugar santo, donde nos encontraremos con tres muebles, uno de los cuales se denominaba la mesa de los panes de la proposición.

Dios había mandado al pueblo por medio de Moisés diciendo: “Tomarás flor de harina, y cocerás de ella doce tortas; cada torta será de dos décimas de efa” (Levítico 24. 5), panes que debían ser puestos “continuamente en orden delante de Jehová, en nombre de los hijos de Israel, como pacto perpetuo” (Levítico 24. 8).

Pero además, estos doce panes, que simbolizaban a las doce tribus de Israel, al pueblo entero de Dios, debían ser renovados cada día de reposo y consumidos por Aarón y sus hijos, los levitas, a quienes Dios mandó comerlos en “lugar santo; porque es cosa muy santa para él” (Levítico 24. 9).

Esos panes, también llamados en el original panes de los rostros o panes de la presencia, nos permiten entender que con ellos se representaba esa comunión perpetua de Dios con Su pueblo, proveyéndoles tiernamente de todo lo necesario en Su presencia a lo largo de todo aquel transitar por el desierto hacia la tierra prometida. Por lo tanto, estos panes del lugar santo harían un llamado al pueblo a vivir en constante contentamiento, fe, alabanza y gratitud hacia Dios por sus misericordias y cuidados.

Y como hemos venido observando, es de suponer, por supuesto, que los panes de la proposición eran tan solo la sombra de algo más excelente que vendría, de Cristo, de Aquel pan del cielo que siendo la presencia misma de Dios entre nosotros, vendría, no solo a proveer lo necesario para nuestras almas (como lo veremos más adelante cuando hablemos acerca del maná que se alojaba en el lugar santísimo), sino a cuidar también de nuestros cuerpos, de día y de noche, proveyéndonos del pan y del abrigo necesario en nuestro transitar por esta vida en camino hacia la Tierra Prometida celestial y eterna.

Por tanto, Cristo, trayendo a colación estos panes de la proposición, no solo nos dejó el mandato de orar “el pan nuestro de cada día, dánoslo hoy” (Mateo 6. 11), sino que también nos mandó, diciendo: 

“No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir” (Mateo 6. 25), invitándonos a ver como Él cuida y sostiene a la hermosa naturaleza, día tras día, sin necesidad de nosotros, desviando el Señor nuestra mirada del afán y la ansiedad, para ayudarnos a fijarla en donde sí debemos, diciendo: “mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6. 33). 

En un tiempo tan difícil como éste que vivimos, esta mesa con los doce panes de la proposición en el lugar santo del tabernáculo, nos debe recordar a Cristo, a aquel proveedor de todo cuanto tenemos y necesitamos para esta vida presente y eterna como pueblo Suyo, para que así podamos alejar de nosotros todo temor, dando lugar en nuestros corazones a una actitud constante de contentamiento y gratitud, porque el Señor es fiel, y él ha dicho: “No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino” (Lucas 12. 32).