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"Mira que te he puesto en este día sobre naciones y sobre reinos, para arrancar y para destruir, para arruinar y para derribar, para edificar y para plantar"

Jeremías 1. 10

Un pueblo necio, sin oídos, y sin corazón, fue el pueblo que Dios ordenó al profeta Jeremías enfrentar, encomendándole la ejecución de varias tareas:

En primer lugar, Jeremías debía arrancar y destruir toda aquella idolatría nueva que estaría empezando a desarrollarse entre el pueblo, comenzando por sus propios dirigentes. Para ello, el profeta, cual agricultor que descubre una nueva plaga entre sus cultivos, no solo debía arrancar esa maleza, sino que también debía echarla en el fuego hasta lograr su completa erradicación.

Pero, en segundo lugar, Jeremías debía también arruinar y derribar todo el pecado viejo y enquistado desde tiempo atrás en Jerusalén, echando abajo todo aquel mal que ya se encontraba tan fuertemente establecido y desarrollado en aquel pueblo de consciencia cauterizada, que nadie consideraría para ese momento que aquellas cosas perversas se tratarían de verdaderos pecados. El profeta debía entonces tomar todo ese edificio de maldad y derribarlo por medio de la predicación fiel del Evangelio de Dios, de la misma forma como arrasaban en aquel entonces los grandes imperios a las naciones menores, no dejando hombre, animal, ni ladrillo en pie, sino solo ruinas.

¿Difícil labor, no lo crees? Sin duda, esto explica el intenso odio que despertó Jeremías dentro de su sociedad, pues había llegado súbitamente el profeta, a amargar la pecaminosa y autodestructiva fiesta del mundo rebelde.

Y si te parece difícil esta encomienda, prepárate, porque así tal cual como Jeremías fue llamado en sus días a ejercer estas valerosas acciones por medio de la predicación fiel de la palabra del Señor, nosotros también somos llamados en este tiempo a hacer exactamente lo mismo: No solo arrancando y destruyendo decididamente todas aquellas nuevas filosofías que el mundo de nuestros días se ha esmerado en ir sembrando como maleza en nuestras mentes, en nuestros hogares, en nuestros hijos e incluso en nuestras iglesias; sino que también hemos sido llamados a arruinar y derribar todo tipo de mal que ya se encuentre plenamente edificado e instituido, en formas de pecado a las que el mundo ya está tan acostumbrado, que algunos "moralistas" hasta podrían llegar a considerarlas normales.

Pero, la misión de Jeremías no terminaba allí, pues él debía cumplir aún una tercera acción que, de igual manera, nos involucra a todos nosotros: La misión de edificar y plantar. El profeta no debía simplemente derribarlos a todos e irse, sino que además debía esforzarse por sembrar en los corazones que le oían, el mensaje del arrepentimiento y de la gracia: El mensaje de las Buenas noticias de Salvación.

Así es como de este versículo podemos aprender que tanto la mala noticia, como la buena, son de igual forma necesarias si queremos esforzarnos realmente por hacer nuestra parte en la extensión del Reino de Dios, no olvidando que una buena noticia sin una mala, es engaño; y que una mala noticia sin una buena, es tortura; pero solamente una noticia mala seguida de inmediato por una buena, es verdadero Evangelio, y eso es lo que debemos predicar.

Dios nos ayude entonces a cumplir esta importante y difícil misión en medio de este mundo malo; una labor que sin duda traerá a nuestra vida grandes dificultades y enemistades, y para la cual, debemos luchar por mantener nuestro corazón lleno de la Palabra de Dios, al tiempo que hacemos nuestras aquellas palabras del Señor a Jeremías, animándolo y diciéndole: "No temas delante de ellos, porque contigo estoy para librarte, dice Jehová" (Jeremías 1. 8)