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"Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos"

Efesios 5. 15-16

Nuestros latidos están contados por parte de Dios de una manera tan precisa como lo están nuestros cabellos. Ante esto, no importa si eres niño, joven o viejo, pues en cualquier momento, tu tiempo en esta vida puede terminar, en ese marchar implacable de los segundos que rigen el transcurrir de este fragmento de la eternidad.

Y por eso es que cada minuto que vives, es un valioso tesoro que debes aprovechar al máximo, porque es un precioso regalo de Dios, pues no te imaginas la infinita cantidad de cosas asombrosas que deben ocurrir a cada momento en tu vida para que tú puedas existir, sin que ni siquiera te enteres. Piensa no más en uno de los glóbulos rojos que habitan en tu cuerpo, que aún cuando tú duermes, sigue trabajando, de sol a sol, viajando por tu sangre, para poder transportar el oxígeno que necesitas para poder vivir. Y así como este pequeño glóbulo rojo sirve a Dios, millones de otras células trabajan día tras día para que tú puedas existir.

¿Y quién da vida a esas células? Cristo, aquel que "sustenta todas las cosas por la palabra de su poder" (Hebreos 1. 3).

Cómo puedes ver, tu vida entera pertenece a Dios, y por tanto, cada segundo en que tu corazón late, debe ser atesorado y bien utilizado para Su gloria. Por tanto, es saludable siempre preguntarte ¿Cómo estás invirtiendo ese tiempo que Dios te concede? 

Te invito a que te examines hoy delante de Dios, y mires si acaso no estás desperdiciando tu vida, al desaprovechar minutos que nunca volverán, pues todo tiempo desperdiciado, es tiempo que nunca podremos recuperar ni comprar. Y así, con este mismo propósito, revisa por ejemplo con sensatez el tiempo que pasas durmiendo, el tiempo que inviertes a las redes sociales, a la televisión, a Internet, a la vanidad, al streaming, a los videojuegos o a muchas otras actividades que puedan estar siendo para ti como una sanguijuela silenciosa que va succionando tu vida hasta conducirte a la anemia y aún hasta la muerte, sin que te des cuenta de ello.

Más no solo eso, sino examina también cuánto tiempo estás dedicando verdaderamente al Señor, y cuánto de tu vida y talentos estás invirtiendo en edificar a Su iglesia, puesto que, como vemos en el versículo de hoy, no es necesario esperar a que las circunstancias sean las ideales para poder empezar a servir, pues el versículo nos exhorta con claridad a ser útiles precisamente porque los días son malos. Con respecto a esto, piensa también que aún cuando hay muchas cosas legítimas que podemos hacer, solo aquellas obras que hagas en el plano espiritual, solo aquello que hagas por Cristo y por Su esposa, perdurarán aún más allá de la muerte, por la eternidad, pues todo lo demás, aunque no sea malo en sí mismo, será quemado en el día del Juicio como madera, heno y hojarasca (1 Corintios 3. 10-15).

Vivamos entonces esta cuarentena, como sabios, y no como necios, "aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos", e impulsándonos a ofrendar todos aquellos talentos que Dios nos ha dado, para poder entonces devolvérselos multiplicados una vez el Señor venga a pedirnos cuenta por ellos. 

De seguro, no entregaríamos nuestra sangre a las sanguijuelas, pero tampoco lo hagamos así con el tiempo y dones que Dios nos da, para que no lleguemos a un punto de nuestra existencia, en que como reprendía John Piper, miremos hacia atrás nuestra vida, y digamos entre lágrimas: "la he desperdiciado".