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“Y clamando a gran voz, dijo: ¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes. Porque Jesús le decía: Sal de este hombre, espíritu inmundo”

Marcos 5. 7-8

Aquí tenemos un fragmento del conocido relato del endemoniado gadareno, el cual nos cuenta la historia de un hombre que había sido poseído por una legión de espíritus malignos que lo habían esclavizado a permanecer entre los sepulcros, dotándolo además de una aterradora agresividad y fuerza. Para aquel entonces no habría poblador de Gadara que no conociera de él, ni que no temiera a este peligroso sujeto, que de día y de noche andaba gritando entre los montes y entre los cementerios, hiriéndose a sí mismo con piedras, y a quien, hasta el momento, nadie había podido atar ni dominar, pues su rudeza era tal, que con sus manos hacía pedazos las cadenas que en tantas ocasiones habían intentado poner sobre él. La situación era simplemente desoladora, incierta e incontrolable.   

Pero, un día aconteció, que el endemoniado gadareno vio desde lejos a Jesús llegar en una barca, por lo que de inmediato salió corriendo hacia donde Él estaba, y habiéndose aproximado, se arrodilló ante Jesús, diciendo: “¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes” (Marcos 5. 7)… y no sé si lo notaste, pero aquí ocurre algo inaudito… pues en este versículo tenemos a una legión de demonios rogando al Hijo de Dios, que en el nombre de Dios no los torture… es decir, tenemos a un ejército de hijos de Satanás orando (si es que los demonios oran), pidiéndole a Dios Padre que no deje que Dios Hijo les haga daño. Y no sé tú, pero a mí esto me genera entre gracia y asombro. Los demonios estaban aterrados ante Jesús, pero en lugar de acudir en busca de ayuda ante su padre y líder, Satanás, acuden es a su enemigo, a Dios, apelando a Su bondad, a Su misericordia y a Su poder a manera de súplica.

Este es simplemente uno de esos testimonios bíblicos maravillosos que nos muestra que definitivamente el mal y Satanás, con todas sus legiones, no tienen ninguna oportunidad de victoria delante de Jesucristo (teniendo en cuenta además que, para aquel momento, la victoria de la Cruz todavía no se había sellado). Como vemos entonces, a nivel espiritual, no hay ninguna lucha equilibrada de la que debamos como creyentes temer. No hay ninguna razón para que un cristiano esté a la expectativa de que tal vez Dios pueda perder en cualquier momento esta batalla entre el bien y el mal, porque esa batalla siempre ha estado ganada. Y este Dios ante Quien los demonios temen, suplican y tiemblan es también el Dios Creador de toda la humanidad, lo cual es una moneda de dos caras, pues si no has creído en Cristo, tú aún eres Su enemigo; pero si ya has creído en Él, este Dios todopoderoso, no solo no es tu enemigo, sino que además es tu amoroso Padre.

¿Ves lo grandioso que esconde este versículo? Hoy tenemos suelto en las calles a un endemoniado gadareno llamado Pandemia, que anda agrediendo, asustando, gritando y llevándose vidas, y a quien nadie hasta el momento ha sabido dominar o detener. Pero, como pueblo creyente, no debemos temer, porque esta legión de virus no ha escapado jamás del control soberano de Dios. Y cuando digo que no debemos temer, no estoy diciendo que debemos ser temerarios, ni descuidados, ni mucho menos estoy aconsejando a alguien ir en contra de las normas sanitarias que nuestras autoridades nos han dictado, pues escrito está: “No tentarás al Señor tu Dios” (Mateo 4. 7). Pero lo que sí estoy diciendo es que, si estamos en Cristo, nuestro nombre está escrito en el corazón de ese Dios maravilloso, y de allí no hay demonio ni virus que pueda borrarnos jamás.