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“Salomón hizo parentesco con Faraón rey de Egipto, pues tomó la hija de Faraón, y la trajo a la ciudad de David, entre tanto que acababa de edificar su casa, y la casa de Jehová, y los muros de Jerusalén alrededor.”

1 Reyes 3. 1

El rey Salomón había heredado toda la gloria del reino de David, su padre, recibiendo una enorme cantidad de dones, sabiduría, riquezas y poderío cual nunca la hubo en el pueblo de Dios. Pero, nada de esto sirvió para sostener al reino de Israel en pie, pues siempre fue el corazón de Salomón su gran piedra de tropiezo, lo cual, empieza a hacerse evidente, desde muy temprano, con su unión en yugo desigual con la hija pagana del Faraón, “gentes de las cuales Jehová había dicho a los hijos de Israel: No os llegaréis a ellas, ni ellas se llegarán a vosotros; porque ciertamente harán inclinar vuestros corazones tras sus dioses” (1 Reyes 11. 2). Esta es la parte oscura de este versículo.

Pero por el otro lado, tenemos la aparente parte clara de la historia, pues en ese mismo versículo observamos a Salomón acabando de edificar “su casa, y la casa de Jehová, y los muros de Jerusalén”, por lo que a simple vista, cualquiera podría ver en Salomón a un hombre apasionadamente entregado a la obra de Dios.

Y entonces, uno se pregunta ¿puede sostenerse tal contradicción en la vida de una persona? ¿Puede una persona amar al mundo y amar a Dios al mismo tiempo sin ninguna consecuencia? Pues bien, este versículo reúne en pocas líneas, lo blanco y lo negro del rey Salomón, cuya desobediencia con aparente piedad entretejió gravísimas consecuencias, pues debido a que las mujeres paganas que amaba Salomón efectivamente “inclinaron su corazón tras dioses ajenos”, Dios sentenció: “Por cuanto ha habido esto en ti, y no has guardado mi pacto y mis estatutos que yo te mandé, romperé de ti el reino, y lo entregaré a tu siervo.” (1 Reyes 11. 11) Lo cual se cumplió con la división violenta del Reino que aconteció posteriormente. El yugo desigual del rey Salomón fue el principio del fin del reino unido de Israel, el cual nunca jamás volvió a ser el mismo.

Con esto quiero mostrarte amado joven, hombre o mujer, soltero de cualquier edad, que no hay riqueza, poder, gloria, ni humana sabiduría que sirvan para evitar las nefastas consecuencias del yugo desigual, pues ellas siempre llegarán, y tarde o temprano tocarán a tu puerta y con dolor tú mismo les abrirás ¡Por favor, no sigas pensando que tu situación será diferente! ¡No sigas pensando que tu caso es especial! ¿Crees que tú si podrás evadir las advertencias de Dios? 

Es imposible que puedas amar y servir de corazón a Dios, cuando pretendes amar al mundo al mismo tiempo, exponiéndote además a ti mismo al riesgo de que tu corazón sea muy pronto desviado hacia los ídolos, cayendo en la apostasía y en muerte eterna ¿Vale la pena correr un riesgo así? 

Escucha la palabra que Dios te da por tu propio bien: “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas?” (2 Corintios 6. 14). Aparta tu corazón de iniciar cualquier relación sentimental que no esté basada en Cristo; mas si ya estás en medio de una que no haya llegado al matrimonio, recuerda que hay gracia para ti, arrepiéntete, corta aquello de raíz y no entregues más tu corazón al mundo de los ídolos. El Señor te cela, y pide de ti, no una parte, sino todo tu corazón. Dios nos de sabiduría, para oír y obedecer, para su gloria y nuestro bien. Amén.