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"para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo"

1º de Pedro 1:7

Desde Génesis hasta hoy, el oro ha sido un material admirado y codiciado, no solo por su indudable belleza sino también por su valor inherente, convirtiéndose, a lo largo de los siglos, en un incomparable motor de la historia humana y en un sostén para nuestras economías. 

Pero como "no todo lo que brilla es oro", buscando huir de los fraudes, se han ideado muchos métodos para intentar comprobar si una supuesta pieza de oro en verdad lo es, y aún cuando hay varios métodos para hacerlo, solo el proceso de copelación nos permite tener una certeza del 100%. Este proceso consiste en someter la pieza de oro a una temperatura cercana a los 1.000°C, gracias a lo cual es posible separar el metal precioso por un lado y la escoria por el otro.

En nuestro versículo de hoy el Señor hace una comparación entre la fe y el oro, dejándonos muy claro que a Sus ojos, tu fe en Cristo resulta mucho más preciosa que el espléndido oro que perece, y que por tanto al ser ella probada como en un ardiente crisol incandescente, es posible, por un lado, refinar en nosotros toda alabanza, gloria y honra que serán reservadas para el momento cuando Cristo sea manifestado; y por otro lado, apartar de nosotros toda escoria e impureza espiritual.

Como vemos aquí, y por experiencia propia entendemos, el fuego de la prueba no es un proceso fácil, mas no por eso significa que sea algo innecesario o sin propósito, y por favor, nunca olvides que toda prueba por la que pases en tu vida ya Cristo la enfrentó por ti, y que de ella salió victorioso a tu favor, por lo que no debes pensar en las pruebas como un examen que apruebas o repruebas, sino como una providencia de Dios multipropósito que busca conformarte cada día más a la imagen de su Amado Hijo.

Si hoy eres un creyente en Cristo, es porque el Señor te ha dado un regalo mucho más valioso que el oro... un regalo de pura gracia que nadie podrá arrebatarte... un regalo de impacto eterno que te hizo renacer para una esperanza viva, y para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada para ti en los cielos. Y si aún no has venido a Cristo en arrepentimiento y fe ¿Que estás esperando? ¡Ven hoy a Él!

Cuando pase el fulgor intenso de este crisol que es la vida terrenal, brillaremos entonces, mucho más que el finísimo oro probado, perfectamente libres de toda la escoria del pecado, y todo ello para la eterna alabanza, gloria y honra de nuestro bendito Señor y Salvador Jesucristo.