“Y sucedió que puesto el sol, y ya oscurecido, se veía un horno humeando, y una antorcha de fuego que pasaba por entre los animales divididos.”
Génesis 15. 17
Abram se encontraba temeroso y desanimado, pues habiendo pasado un tiempo desde que Dios le había prometido que sería padre de una gran descendencia, el Señor aún no le había concedido hijos, por lo que Dios, aquella noche, lo llevó afuera y le dijo: “Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: Así será tu descendencia” (Génesis 15. 5), mas no solo esto, sino que también le prometió una tierra por heredad, a lo que Abram respondió: “Señor Jehová, ¿en qué conoceré que la he de heredar?” (Génesis 15. 8).
Ante esta pregunta, nos cuenta la Escritura que Dios mandó a Abram a sacrificar unos animales y a partirlos en dos partes, posterior a lo cual Abram vio en visión una antorcha de fuego pasando entre los animales sacrificados y divididos, mientras oía la voz de Dios reiterando su promesa de concederle una innumerable descendencia y una perpetua heredad.
Tal vez no lo sepas, pero en aquel tiempo era costumbre que los pactos fueran acompañados por un sacrificio, en el cual, las personas que juraban, pasaban caminando entre los animales divididos admitiendo así públicamente que, si ellos llegaban a incumplir el pacto, serían ellos los que deberían ser sacrificados como aquellos animales. Y allí tenemos a Dios, pasando a manera de antorcha entre los animales, jurando por Sí mismo que cumpliría su promesa a Abram.
Luego de esto, vemos a Dios diciendo a Abram: “En cuanto a ti, guardarás mi pacto, tú y tu descendencia después de ti por sus generaciones” (Génesis 17. 9).
Y tal como sabemos por la Escritura, Dios cumplió fielmente cada letra de su promesa establecida en aquel Pacto de la antorcha con Abram, pero preguntémonos que pasó con la fidelidad por parte de Abram, y de Moisés, y de David, y con la tuya, y con la mía… ¿Qué pasó con nuestra fidelidad? Que todos fallamos, todos hemos sido infieles a Dios de diversas maneras, entonces ¿Quién debía ahora ser sacrificado y partido en dos como aquellos animales? Nosotros, tu y yo, merecíamos esa condenación por causa de nuestra desobediencia y rebeldía, pues aquel pacto clamaba desde lo profundo de la tierra ser saldado con justicia.
Pero, si la gracia de Dios te ha alcanzado, ya sabes entonces quién se ofreció voluntariamente a ser partido en dos en lugar tuyo ¿Verdad? Cristo, Dios mismo, el eternamente amado Hijo de Dios, quien cumplió a cabalidad en Su cuerpo cada uno de los mandamientos de Su Padre, fue enviado también, como Cordero, para pagar en la cruenta cruz, con dolor en su cuerpo y angustia en su alma, por causa de tu incumplimiento, por tu deuda y por tu infidelidad.
Si has creído en Cristo, esa Fe te ha justificado delante de Dios, porque ya no tienes deuda con tu Creador… ¡ya no!... ya puedes respirar eternamente tranquilo, pues Él juró, Él cumplió, tú incumpliste, Él puso tu deuda sobre su Hijo, y Él la pagó por ti, eres parte de la descendencia de Abraham y te aguarda en los Cielos una heredad perpetua, simplemente por Gracia… ¡Oh sublime gracia!… por el amor eterno que determinó darte libremente aquel Dios trino desde la eternidad pasada.
Respira, eres totalmente libre para dedicar tu entera existencia a alabarle, pues no hay condenación para ti, porque el Cordero ha dicho a tu favor: “Consumado es”