“Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, y que se duele del castigo.”
Joel 2. 13
Hay una enorme diferencia entre el remordimiento y el arrepentimiento, aun cuando ambas son respuestas que se presentan ante el pecado humano:
El remordimiento consiste en un dolor natural que experimenta una persona cuando descubre que finalmente ejecutó aquel mal del que pensó que nunca sería capaz, y entonces, al tener que enfrentar las consecuencias de sus actos, se entristece, llora, rasga sus vestidos y se castiga a sí mismo, intentando incluso reparar el daño, esforzándose por calmar de alguna manera su consciencia. La demostración física y emocional de esta persona podría hacer pensar a cualquiera que en verdad ha ocurrido un cambio en su corazón, cuando en verdad lo único que podría esperarse es que aquella persona reincida en su pecado, o que dicho pecado mute hacia otras formas de mal.
Pero el arrepentimiento es algo absolutamente diferente, pues aunque también conlleva dolor, su origen es completamente sobrenatural, producto de la obra de regeneración efectuada por Dios en el alma de un hombre, que lo conduce a entristecerse por su pecado, a rasgar su corazón, y a buscar con urgencia la misericordia de Dios, dando un giro de 180 grados a su vida, lo cual implica un cambio de mente y de voluntad, un divorcio de sus pecados, y un anhelo creciente por amar y servir al Señor por medio de su obediencia.
Como vemos, el hecho de que nuestro pecado nos entristezca, y de que incluso nos haga llorar, no puede ser tomado como una garantía de que necesariamente ha tenido lugar un verdadero arrepentimiento en nosotros, pues el verdadero arrepentimiento es algo íntimo e invisible, algo que empieza adentro, en lo profundo del corazón, y que luego se hace evidente, por medio de un cambio hacia afuera; a diferencia del remordimiento, que se basa puramente en demostraciones externas, una “rasgadura de vestiduras” que nunca va mas profundo que eso.
En el versículo de hoy, vemos como Dios dice a Su pueblo: “Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos”, es decir, arrepiéntanse y no simplemente expresen remordimiento, porque solamente es por medio del arrepentimiento que podemos ser objeto de la misericordia y de la paz de Dios.
Piensa no más en la imagen gráfica de lo que significa rasgar tu propio corazón, para que puedas entender entonces lo que representa en la práctica arrepentirnos verdaderamente. Mas si acaso no sabes como hacer esta delicada cirugía, te la voy a explicar: Toma la espada, que es la palabra de Dios, e introdúcela en tu corazón profundamente, para que puedas entonces examinar tu vida a la luz de Sus mandamientos, lo cual te será suficiente para hacer evidentes tus pecados, y te advierto que eso dolerá ¡Pero no te quedes solamente así, porque entonces puedes morir! Ven luego urgentemente, y trae tu corazón, así rasgado como está, y ponlo en las manos del Señor, quien será amplio en perdonarte, en renovarte y en transformarte, de una manera sobrenatural.