”Y procurad la paz de la ciudad a la cual os hice transportar, y rogad por ella a Jehová; porque en su paz tendréis vosotros paz”
Jeremías 29. 7
La impenitente y obstinada rebeldía del pueblo de Judá lo había conducido a caer bajo el dominio de Babilonia, quienes obligaron a sus pobladores a dejarlo todo atrás: El templo, sus tierras y sus posesiones. Y ahora, allí estaban todos, exiliados en Babilonia, lejos de todo aquel esplendor y bendición que habían caracterizado a la primera parte de la era salomónica, rodeados ahora por una cultura pagana que día tras día, los presionaba insistentemente a amoldarse a ella, a sus dioses y a sus costumbres.
Así las cosas, era imposible no sentirse extraño e incompleto, siendo un extranjero en una tierra tan diferente y en la cual la abundancia del deleite pecaminoso brotaba de manera legal por los poros de cada centímetro de la tierra. Y en estas circunstancias, uno pensaría que la dirección de la oración del pueblo cautivo debería ser porque finalmente éste tomara fuerza para levantarse en armas, como un solo hombre, para destrucción perpetua de la endemoniada Babilonia. Pero, para nuestro asombro y sorpresa, el profeta Jeremías insta en este punto al pueblo de Dios a orar por algo muy distinto, ordenándoles de parte del Señor lo siguiente: “procurad la paz de la ciudad a la cual os hice transportar, y rogad por ella a Jehová” (Jeremías 29. 7a).
¿Procurar la paz? ¿Orar por ella? ¡Pero si ellos son nuestros enemigos!
¡Cuán diferente era el propósito de la oración que pedía Dios de lo que cualquiera de nosotros habría querido orar en aquella misma circunstancia! Pero allí estaba Dios, extendiendo a Su pueblo Su misericordia en medio del juicio, llamándolo a procurar la paz de Babilonia, porque “en su paz tendréis vosotros paz” (Jeremías 29. 7b).
Teniendo esto en mente, quiero decirte, que si en este mundo te has sentido insatisfecho, extraño, extranjero o incompleto, es precisamente porque por causa de Adán, hemos vivido hasta hoy en el exilio, morando en un lugar al que no pertenecemos, viviendo en una Babilonia a la cual no nos debemos acostumbrar, y anhelando con toda nuestra alma aquella completa Redención que veremos una vez Cristo nos lleve en Su gloria. Pero por lo pronto aquí estamos, transitando como peregrinos en este mundo, siendo conscientes de que no pertenecemos, ni perteneceremos, a esta Babilonia.
Mas estando aquí, cautivos en una Babilonia seductora, y bajo la incertidumbre de una pandemia que no sabemos si algún día acabará, nuestro llamado es a procurar la paz de esta ciudad en la cual Dios nos ha puesto, rogando por ella a Dios, y por cada uno de sus dirigentes, pues en su paz, nosotros tendremos paz, mientras esperamos la llegada de aquel glorioso día en que el Señor se manifieste.
Dios nos conceda entonces el discernimiento santo y sabio que requerimos, para poder vivir como Daniel en medio de esta Babilonia en la que estamos cautivos, procurando su paz, pero sin conformarnos a su pecado; orando a Dios por el bien de esta ciudad terrenal pagana, pero dando valiente testimonio y defensa de nuestra fe por medio de nuestros labios y de nuestras obras, y nunca amistándonos con ella; sometiéndonos obedientemente a las normas de Babilonia, dando ejemplo de sujeción, siempre y cuando estas no atenten contra la absoluta Palabra de Dios; y siendo plenamente conscientes, de que lo que nos espera a nosotros en los cielos no se comparará jamás a ninguna cosa vista, pues la Gloria de Dios en quien está escondida nuestra herencia, es algo que ningún hombre ha contemplado, ninguno, excepto Aquel maravilloso Cordero Divino que compró con Su santa sangre preciosa nuestra ciudadanía eterna, convirtiéndonos, por pura gracia, en los Israelitas verdaderos de La Nueva Jerusalén Celestial.