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“a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro”

1 Corintios 1. 2

¡Qué versículo difícil de entender! ¿Los creyentes de la iglesia de Corinto eran santos gracias a Cristo, o debían aún esforzarse por ser santos? ¿Puede una persona santificada… santificarse? 

Bueno, intentaré explicarlo para ti, pero para esto es necesario empezar definiendo la palabra “santo”, la cual, hace referencia a todo aquello que ha sido apartado de todo lo demás, para darle un uso especial. Por ejemplo, cuando destinas un traje para usarlo únicamente en situaciones especiales, has santificado a ese traje en tu closet, no en el aspecto religioso claro, sino en el sentido material, puesto que has elegido ese traje, por encima de todos los demás, para darle un uso especial. Para ti, ese traje es diferente, apartado, santo.

Ahora, cuando trasladamos ese mismo término al campo de Cristo, no estamos hablando en ningún momento de algún proceso de canonización u obra hecha por hombres a favor de los vivos o de los muertos; ni de los ídolos de madera con poderes especiales. 

Cuando hablamos de “santo” según la Biblia, nos referimos a esa acción que hace Dios de tomar a algunas personas, de entre todos los seres humanos del mundo, para apartarlos con el objetivo de darles un uso especial. Cuando una persona cree en Cristo Jesús como Su único Señor y Salvador, es declarado de manera inmediata “santo” por Dios, apartado de todo lo demás, con el fin de que ya no sirva más a su carne, al mundo y a Satanás, sino que ahora, sea siervo de la justicia, obteniendo, por pura gracia, segura entrada al Reino de los Cielos por toda la eternidad. Todos los creyentes somos entonces “santificados en Cristo Jesús.”

Pero, eso no significa que un creyente verdadero no deje de luchar, sino que, por el contrario, a partir de que un creyente viene a los pies de Cristo, inicia una guerra sin cuartel en su corazón, pues se da origen a un proceso de divorcio con todo aquel pecado que antes amaba, al tiempo que se da inicio a una relación de amor íntima con Cristo. Para este proceso de santificación Dios nos dota de su Santo Espíritu, capacitándonos así para combatir, intensamente y a lo largo de toda nuestra vida contra el pecado, transformándonos de día en día, y permitiéndonos cumplir aquel llamado a “ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo”.

¿Quién nos santifica completamente? ¡Cristo! Pero ¿Quién es esforzado por la fe en Cristo para apartarse responsablemente del mundo a lo largo de toda esta vida? ¡Nosotros, los creyentes! En todo, como vemos, es Jesucristo quien es digno de toda la gloria, pues ninguno de nosotros, como santos de Dios que somos, merecemos la alabanza de nadie.

Pero, a modo de posdata ¿Significa este apartamiento, o llamado a ser santo, que debes entonces considerar mudarte a un monasterio como hermitaño? Por supuesto que no ¿Pues cómo podrías ser luz en el mundo si no estás brillando en él? Vive en este mundo, pero apartado para Dios dentro de él, con tus pies sobre la tierra, pero con tu corazón latiendo en la eternidad.