"Viéndole ellos andar sobre el mar, pensaron que era un fantasma, y gritaron; porque todos le veían, y se turbaron. Pero en seguida habló con ellos, y les dijo: ¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!"
Marcos 6. 49-50
El Señor había mandado a los discípulos a adelantarse y a cruzar el mar de Galilea hasta la otra ribera. Pero ahora, en obediencia a esa orden, la noche había llegado y los discípulos aún estaban en la barca, atrapados por el intenso viento en la mitad del mar, remando con gran fatiga y luchando en contra de las olas que azotaban la embarcación.
Al leer esto, es posible que no alcancemos a vislumbrar la gravedad de la escena, ni el terrible riesgo que corría la vida de los discípulos del Señor, pues no es una situación que resulte común a nuestro contexto. Pero tal vez pueda ilustrarnos un poco, el hecho de que varios de los discípulos eran pescadores experimentados, que manejaban con destreza los obstáculos propios de la navegación, pero que, a pesar de ello, estaban en una situación extrema que los superaba.
Y estando los discípulos en medio de esta lucha a muerte contra la enfurecida naturaleza, Cristo aparece, caminando sobre las agitadas aguas del mar, ya llegada la madrugada y pasando en proximidad a los exhaustos discípulos. Podemos imaginar entonces el cuadro de los discípulos con sus remos en mano observando a alguien que se aproxima hacia ellos, caminando sobre el mar, para entender mejor la razón de porqué humanamente se llenaron de inmenso miedo al punto tal que empezaron a gritar y a teorizar que se trataría, lo más seguro, de un "un fantasma" (Mateo 14. 26). Por un momento entonces, olvidaron su temor a la tormenta, para fijarlo ahora en algo que les resultaba aún más desconocido y poderoso.
Y así es como luego, podemos ver a nuestro misericordioso Señor revelándoles Su identidad, diciéndoles, "¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!" (Marcos 6. 50), posterior a lo cual sube con ellos en la barca, con lo que el fiero viento se calma, ante los ojos estupefactos de los discípulos, quienes apenas podían decir: "verdaderamente eres Hijo de Dios" (Mateo 15. 33).
En estas palabras de Cristo podemos aprender como el ánimo se presenta como un antídoto contra el temor. Pero en ellas debemos tener en cuenta también algo muy importante, y es en qué objeto está fundamentado ese ánimo que nos puede ayudar a sobrellevar las diversas crisis. En este versículo aprendemos que nuestro ánimo debe estar únicamente fundamentado en Cristo, y en quién es Él. El Señor Jesús, al pronunciar ese gran "Yo soy", traería de inmediato a la memoria de los discípulos el Nombre de aquel Dios que siempre ha estado, está y estará con su amado pueblo, en medio de toda prueba o tormenta.
Así como los discípulos, podemos sentirnos en esta pandemia como remando a media noche, solos, a contracorriente, con un viento que nos es contrario, lidiando con olas enfurecidas y sin saber si en algún momento llegaremos al otro lado del mar. Pero Cristo, siempre ha caminado esta tormenta con nosotros, y nunca nos ha dejado abandonados a nuestra propia suerte.
De la manera como hicieron los discípulos, sigamos remando con fuerza y prudencia (haciendo caso atento a las normativas dictadas por nuestras autoridades sanitarias), pero no fundamentemos nuestro ánimo en los remos, ni en nuestras fuerzas, ni en los recursos humanos, ni en los otros hombres. Rememos juntos como iglesia, pero también oremos, y busquemos el rostro de Cristo en medio de esta prueba, y: "Tengamos ánimo; El es y El está, no temamos", pues el que camina en victoria al lado nuestro sobre esta tormenta "verdaderamente es El Hijo de Dios".