La cosecha no es nuestra, sino que es del Señor, tampoco son nuestros los obreros, sino del Señor quien los llama, los entrena y los envía.
“Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento… Porque nosotros somos colaboradores de Dios…” (1 Corintios 3:6-9).