«Me perdí, abstraído, mirando el escritorio. Estaba cubierto de planos con dibujos raros. Mamá decía que eran casas, pero nada que ver. Yo le dibujé una casita con ventanas, techo, puertita, chimenea, y le dije que así era el dibujo de una casa, y se me rio. Todavía se ríe hoy cada vez que se acuerda, la desgraciada, pero yo creía que a mi mamá le pagaban por dibujar laberintos.»
El mundo de los adultos, un misterio constante para los más pendejos.