«La casa de Mirta la Bruja era vieja, estaba sin cuidar y era fea fea. Tenía yuyos por todos lados, la pintura se le caía y un par de ventanas tenían los vidrios rotos porque Emi los había apedreado hacía unos años y, en vez de arreglarlos, Mirta les había pegado unas bolsitas de supermercado con cinta scotch. ¿Qué clase de persona va a pedir ayuda a una casa así?
Uno desesperado. Y yo, aunque repito que no lloraba, me sentía realmente desesperado.»