Después de recorrer pueblos internos de Michoacán regreso a la ciudad cabecera: Morelia, la capital del Estado, que deslumbra con su arquitectura de piedra rosa, sus callejones adoquinados, mariachis en las esquinas dispuestos a hacer sus serenatas para muertos o vivos. Me anfitriona Daniela, una amiga argentina que me mostró los pliegues de este distrito. Una noche de caminata por la Avenida del Acueducto entramos de casualidad en Arrabal Gourmet: el bodegón de argentinos que se convirtió en una tertulia espontánea y una especie de peña para toda la vida.