La tentación –tanto la de prueba como la de seducción– nunca debe abatir o desanimar al hombre: la confianza en Dios es el recurso seguro contra cualquier asalto.
El mismo Jesucristo quiso sufrir la t. (cf. Mt 4,1-11; Mc 1,12- 13; Le 4,1-13), tanto para obtener las ayudas contra las nuestras, como también para advertirnos que no quedaremos exentos de las mismas, para ensenarnos cómo combatirlas y para infundirnos confianza en su misericordia (cf. ST III, 41, le). Esos diversos aspectos y actitudes interiores se nos inculcan en la Biblia (cf. Eclo 2,1; 34,9; Tob 12,13; lPe 4,12; Sant 1,12; Gal 6,1).