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El ministerio terrenal del Señor Jesucristo creó una sensación sin precedentes en Israel. Durante tres años y medio, realizó milagros que nunca se habían visto (Jn. 15:24; cp. Mt. 9:33; Mr. 2:12).

Tales señales eran una autenticación de que Él era el Hijo de Dios y el Mesías (Mt. 11:2-5). Jesús, en su compasión y gracia, frecuentemente escogió milagros que aliviarán el sufrimiento de las personas.

Sanó enfermos prácticamente eliminó las enfermedades de Israel durante el período de su ministerio—, resucitó muertos, expulsó demonios y alimentó grandes multitudes de personas con hambre.

Además, enseñó sobre el reino de Dios con audacia, confianza y autoridad. A diferencia de los escribas, los cuales citaban principalmente otras autoridades humanas, Jesús hablaba con el poder divino del Hijo de Dios (cp. Mt. 5:21-22, 27-28, 31-34, 38-39, 43-44).

Como resultado, “la gente se admiraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas” (Mt. 7:28-29) y “todo el pueblo estaba suspenso oyéndole” (Lc. 19:48). Incluso sus enemigos lo reconocieron: “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!” (Jn. 7:46).