Durante sus primeros cinco siglos de existencia la iglesia primitiva defendió la doctrina verdadera de la encarnación. Durante ese tiempo se plantearon, examinaron y rechazaron muchas enseñanzas erróneas sobre la unión hipostática (la unión en Cristo de las naturalezas humana y divina). Por ejemplo, algunos argumentaban que Jesús no tenía un espíritu humano, sino que su espíritu divino se unió con el cuerpo humano. Otros argumentaban que el espíritu divino de Cristo entró en el Jesús hombre en su bautismo y lo dejó antes de su crucifixión. Otra perspectiva falsa sostenida por algunos era que Jesús fue un ser creado, y por lo tanto inferior a Dios Padre. Había además otros que veían en Jesucristo a dos personas separadas, una humana y otra divina; de acuerdo con esa enseñanza, Jesús era un hombre en quien Dios habitaba.
Todas esas perspectivas (al igual que otras) erraron fatalmente ya fuera negando la completa divinidad de Jesucristo o su completa humanidad. La Iglesia verdadera las rechazó todas a favor de una perspectiva bíblica de Jesús como el Dios-hombre. El Concilio de Calcedonia (451 d.C.) declaró oficialmente esa verdad en una de las declaraciones más famosas e importantes de la historia de la Iglesia.
En Juan 1: 14, se muestra la declaración bíblica más concisa de la encarnación y, por lo tanto, es uno de los versículos más importantes de las Escrituras. Las cinco palabras con las que comienza—aquel Verbo fue hecho carne—expresan el hecho real de que Dios asumió la humanidad en la encarnación, lo infinito se hizo finito, la eternidad entró en el tiempo, lo invisible se hizo visible (cp. Col. 1:15), el Creador entró en su creación.
Dios se reveló al hombre en la creación (Ro. 1:18-21), en las Escrituras del Antiguo Testamento (2 Ti. 3:16; 2 P. 1:20-21) y, más importante y supremo, en Jesucristo (He. 1:1-2). En el Nuevo Testamento está el registro de su vida; su obra y las aplicaciones e importancia que ello conlleva para el pasado, el presente y el futuro.