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El “corazón malo de incredulidad” (He. 3:12) caracteriza a las personas no regeneradas; es un corazón que ama las oscuridad del pecado y detesta la luz del evangelio (Jn. 3:19-20).

El corazón de incredulidad es también agravado por Satanás, “el dios de este siglo [que] cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios” (2 Co. 4:4). A veces Dios endurece los corazones de los incrédulos como acto de juicio por su incredulidad obstinada (Jn. 12:39-40). Por ejemplo, el Antiguo Testamento registra que cuando el faraón endureció su corazón (Éx. 8:15, 32; 9:34; 1 S. 6:6), Dios también endureció el corazón del faraón (Éx. 4:21; 7:3; 9:12; 10:1, 20, 27; 11:10; 14:4, 8).

En esencia, la incredulidad es un rechazo de la verdad salvadora divina contenida en las Escrituras. Por eso Jesús dijo a los judíos incrédulos: “Porque digo la verdad, no me creéis. ¿Quién de vosotros me redarguye de pecado? Pues si digo la verdad, ¿por qué vosotros no me creéis?” (Jn. 8:45-46).

La incredulidad es rechazo a Jesucristo, quien es la verdad de Dios encarnada (Jn. 14:6). Juan escribió: “Pero a pesar de que había hecho tantas señales delante de ellos, no creían en él; para que se cumpliese la palabra del profeta Isaías, que dijo: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio? ¿Y a quién se ha revelado el brazo del Señor?” (12:37-38; cp. 5:38; 16:9; Ro. 11:20; He. 3:12).

El pueblo de Israel rechazó las señales milagrosas del Señor, tal como había rechazado las obras poderosas de Dios a lo largo de su historia (Sal. 78:32; cp. v. 22; Nm. 14:11; Dt. 1:32; 9:23; 2 R. 17:14; Lc. 22:67; Hch. 14:2; He. 3:1819).