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A lo largo de los siglos, los eruditos y escépticos han respondido de modo diferente a la pregunta “¿Quién es Jesús?”. Su vida es la más influyente de todas las que han existido y su efecto continúa en escalada. Aun así, la verdadera identidad de Jesús sigue debatiéndose acaloradamente entre teólogos e historiadores modernos. Los intentos de los incrédulos para explicar la verdad sobre Él han producido opiniones incontables.

Los líderes judíos de los tiempos de Jesús, motivados por su celo amargo, lo acusaron de ser samaritano (Jn. 8:48), estar poseído por el demonio (Jn. 7:20; 8:52), de loco (Jn. 10:20) y de ser hijo ilegítimo (Jn. 8:41).

Aunque no podían negar el poder sorprendente de Jesús, daban por descontado su origen satánico (Mt. 12:24). Sus sucesores también vilipendiaron al Señor como “transgresor de Israel, practicante de magia, quien trataba con desdén las palabras de los sabios [y] extraviaba a las personas” (F. F. Bruce, New Testament History [Historia del Nuevo Testamento] [Garden City: Anchor, 1972], p. 165).

Los escépticos y liberales teológicos de los siglos XIX y XX tenían la intención de negar la deidad de Cristo. Veían en Él al maestro humano de la moral por excelencia en quien brillaba con más intensidad el destello de divinidad inherente a todas las personas. Para ellos, la vida sacrificial de Jesús servía de modelo para que todos los humanos lo siguieran, pero de ningún modo para que los humanos pudieran salvarse.