La iglesia está ahora tan versada en cuanto a comprometerse con el inundo que ha olvidado el cómo no transigir. Es por eso que aceptamos con tanta facilidad los sistemas de valores del mundo y nos abandonamos a ellos, hasta el punto de que los personalizamos y se convierten en objetos de nuestros deseos. En pocas palabras, nuestras normas sustituyen a las de Dios.
Las Sagradas Escrituras nos exigen lo opuesto de la transigencia. Desde el principio hasta el final de la Biblia. Dios le ordena claramente a su pueblo que viva separada del mundo.
Cuando Dios estableció la nación de Israel, incorporó en la vida diaria de los israelitas el principio de la separación del mundo. Las prácticas religiosas a lo largo del año les servía de protección para impedir que se mezclaran con los paganos, por ser un pueblo único (Dt. 11:2).
Del mismo modo. Dios le pide hoy a todo su pueblo que se separe del mundo Siempre que nos sintamos tentados a comprometer nuestras convicciones, sólo necesitamos recordarnos que Dios nunca sacrifica sus verdades y principios absolutos a cambio de las conveniencias. Él siempre vive conforme a su Palabra.
El Salmo 138:2 dice: «Porque has engrandecido tu nombre, y tu palabra sobre todas las cosas.» Dios está consagrado a su Palabra y, como sus hijos. también lo deberíamos estar nosotros.
Cuando consideramos la Palabra de Dios como la máxima autoridad, eso nos abre el camino para que desarrollemos la integridad, en vez de las concesiones.