La guerra contra la homosexualidad es una de las dimensiones más preocupantes del conflicto espiritual que afecta hoy en día a la iglesia. El denominado Movimiento de Liberación Homosexual muy conocido como LGBT, ha pasado a primer plano como una fuerza sociopolítica organizada que trata de imponer a la sociedad y a la iglesia la aceptación de una homosexualidad declarada.
Como creyentes tenemos que ser justos con los homosexuales y reconocer que su movimiento no los representa en su totalidad. Aunque sería casi imposible obtener cifras exactas, es muy posible que haya muchos más homosexuales que se niegan a participar en este movimiento (corrupto) que los que lo integran.
La mayoría de los homosexuales o de las personas que luchan con deseos sexuales invertidos, no tienen interés en hacer gala de su orientación sexual ante los medios de comunicación o las masas. No se sienten más interesados en desfilar por la calle principal medio desnudos y cometiendo actos sexuales vergonzosos en público que los heterosexuales. De manera que hay gente que merece nuestro amor, nuestra compasión y nuestro testimonio cristiano benévolo pero firme.
Por otro lado, dicho movimiento no es generalmente una influencia beneficiosa para los confusos homosexuales: se trata de un movimiento ajeno a la voluntad de Dios.
No se dice que todos ellos sean mala gente, y algunos de sus dirigentes tal vez no estén plenamente comprometidos con el mal moral desenfrenado, pero muchos lo están.
Por último, tampoco se niega que algunos miembros de ese movimiento sean personas solícitas, amables y compasivas. Tal vez en muchos casos así sea, pero no en todos.
Lo que sí se afirma es que son pecadores, cuya sexualidad se ha convertido casi por completo en el punto central de su vida.