El Nuevo Testamento ofrece numerosas líneas de evidencia para la deidad de Jesucristo y sus muchos milagros no son la menos importante de tales líneas (cp. Hch. 2:22). Estos demuestran su gloria divina de una manera única y poderosa (Jn. 2:11).
El mismo Señor los usó para respaldar sus afirmaciones memorables: “Las obras que el Padre me dio para que cumpliese, las mismas obras que yo hago, dan testimonio de mí, que el Padre me ha enviado” (Jn. 5:36). En respuesta a la solicitud exasperada de sus críticos: “¿Hasta cuándo nos turbarás el alma? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente” (Jn. 10:24), Jesús les respondió: “Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ellas dan testimonio de mí”.
El Señor también reprendió a Corazín, Betsaida y Capernaúm porque, a pesar de los numerosos milagros que había realizado en esas ciudades, se negaban porfiadamente a arrepentirse (Mt. 11:20-24).
Cuando Juan el Bautista envió a sus discípulos a preguntarle a Jesús “¿Eres tú el que había de venir, o esperaremos a otro?” (Lc. 7:20), Jesús les respondió señalando sus obras milagrosas:
En esa misma hora sanó a muchos de enfermedades y plagas, y de espíritus malos, y a muchos ciegos les dio la vista. Y respondiendo Jesús, les dijo: Id, haced saber a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio.