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A nivel personal, el espíritu de compromiso se aprecia aún más en nuestras relaciones sociales. Es posible que usted haya tenido oportunidades de proclamar a Cristo a los no creyentes, pero se ha quedado callado por sentirse intimidado o por falta de confianza. Quizás haya claudicado en la Palabra de Dios respecto a algún asunto ético en su trabajo o en su vecindario, y se haya convencido a sí mismo de que tal concesión era necesaria para mantener su confianza como empleado o vecino. Sin embargo, su testimonio cristiano es proclamado a través de su total devoción a la Palabra de Dios como la autoridad suprema, sean cuales sean las consecuencias. Dios atrae a los elegidos a su reino por medio de cristianos que demuestran ser diferentes del resto del mundo, que revelan su verdadera fidelidad por su devoción y obediencia a las normas de Dios.

El problema que hay en vivir de esta manera, es la oposición que encontramos en el mundo secular. R. C. Sproul, en su libro Pleasing God (Complaciendo a Dios), describe así la presión que ejerce el mundo sobre nosotros:

El mundo es un seductor que trata de atraer nuestra atención y nuestra devoción. Se halla tan cercano, tan visible y tan tentador, que eclipsa nuestra visión del cielo. Lo que vemos reclama nuestra atención. Atrae nuestra mirada, a menos que la dirijamos hacia un lugar mejor cuyo arquitecto y constructor es Dios. Nos agrada (por lo menos, gran parte del tiempo) y, desafortunadamente, a menudo vivimos nuestra vida para agradarlo a él. Y allí es donde surge el conflicto, porque agradar al mundo rara vez coincide con agradar a Dios.

El llamado divino que recibimos es éste: «No os conforméis a este siglo» (Ro. 12:2). Pero el mundo quiere que nos asociemos con él. Se nos apremia para que participemos al máximo de él. Nos presiona grandemente por medio de nuestros compañeros de generación. ([Wheaton, III.: Tyndale House, 19881, 59)

La iglesia está ahora tan versada en cuanto a comprometerse con el inundo que ha olvidado el cómo no transigir. Es por eso que aceptamos con tanta facilidad los sistemas de valores del mundo y nos abandonamos a ellos, hasta el punto de que los personalizamos y se convierten en objetos de nuestros deseos.

En pocas palabras, nuestras normas sustituyen a las de Dios.