Todos los tesoros espirituales nos llegan como dones gratuitos de la gracia de Dios: el perdón, la paz con Dios, la vida eterna. En cuanto a las riquezas terrenales, ellas también vienen de nuestro misericordioso Señor. “De Jehová es la tierra y cuanto hay en ella” (Salmo 24:1).
Ya que todo le pertenece, él dispone de todo como le parece apropiado. La segunda línea del versículo 22 se podría traducir: “Y el trabajo duro no le añade nada”. Es decir, que la verdadera fuente de cualquier cosa que tengamos son las bendiciones de Dios y no nuestro esfuerzo.
La versión Reina-Valera 1995 deja claro que el don de la riqueza dado por Dios difiere totalmente de los “tesoros de maldad” (Pr. 10:2) de los impíos, que traen consigo todo tipo de problemas incluyendo el juicio de Dios.
En estos versos sitúa el estilo de vida piadoso en absoluto contraste con el de los impíos. Se tiene uno o se tiene el otro. El corazón de una persona está anclado en Dios y su sabiduría, o está orientado a la búsqueda de las riquezas de este mundo.
El “cometer maldad” se puede hacer de manera abierta y sin tapujos, o se puede hacer de una manera más sutil, como ocurre en la idolatría secreta de las riquezas terrenales. No importa cuán exitosa pueda ser una persona impía en términos mundanos, ante los ojos de Dios seguirá siendo un “insensato”.