El viejo refrán según el cual no se puede juzgar el valor de algo por su envoltorio es verdadero para los cristianos.
Como un tesoro enterrado, o una perla preciosa escondida en una fea ostra, el recipiente humano no refleja el valor del tesoro del evangelio que contiene.
El sorprendente contraste entre “la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” y los recipientes débiles, imperfectos y rústicos en los cuales se trasporta es el eje de este pasaje.
Pablo comunicó tal verdad nos solo por medio de principios, sino con el ejemplo, este pasaje es biográfico, no didáctico. No presenta a Pablo como un maestro que comunica información, sino como una vida para imitar. La vida del apóstol demostraba genuinamente que era caminar con Dios. De ese modo, pudo exhortar a los corintios diciéndoles: “sed
imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Cor. 11:1).
A medida que Pablo iba escribiendo esta epístola, estaba
bajo un feroz ataque en Corinto. Los falsos apóstoles se habían infiltrado en la iglesia allí, agrediendo a Pablo para crear un ambiente fértil para la herejía legalista. Si querían que alguien prestara atención, a sus mentiras demoníacas, primero debían destruir la credibilidad apostólica y espiritual de Pablo, a los ojos de la congregación Corinto. Para tal fin lanzaron un bombardeo desde todos los flancos sobre el carácter y ministerio del apóstol.
Su ataque fue inmisericorde, implacable y mezquino. Tan bajo legaron los falsos apóstoles que hasta terminaron criticándola apariencia personal de Pablo, declarando despectivamente que “la presencia corporal débil, y la palabra menospreciable” (2 Corintios 10:10). De acuerdo con ellos, Pablo no era una
figura imponente; no era bien parecido, carecía e encanto y de capacidad oratoria. Quizás hasta tenía una enfermedad ocular que marcaba su apariencia (Ga. 4:13-15). La razón por la cual muchos rechazaban el mensaje de Pablo, afirmaron los falsos apóstoles, era su apariencia poco impresionante, común y del montón.
Tales ataques hirientes y odiosos mudaron la lealtad de los corintios de la verdad divina a la mentira satánica, y exigían una respuesta de Pablo. No estaba interesado en defenderse por provecho propio, sino por amor al evangelio. Pablo sabía que si los falsos maestros podían desacreditar, lo reemplazarían como los maestros autoritativos de
Corinto. Entonces tendrían libertad para engañar a los corintios con su falsa enseñanza.
Los ataques de los falsos maestros pusieron a Pablo entre la espada y la pared. Si se defendía contra su difamación, cosa que debía hacer para mantener a la iglesia en la verdad, se arriesgaba a parecer orgulloso. Y, honestamente, nadie era más intensamente consiente de los defectos de Pablo que el mismo. De hecho, constantemente se sorprendía por formar parte del ministerio.