El Señor usó siempre la rutina diaria y simple de comer para comunicar su verdad espiritual profunda.
El Señor continúa definiendo el pan de vida como el que Él da voluntariamente (Jn. 10:18) por la vida del mundo; su carne (Jn. 1:14).
En el Nuevo Testamento es repetitivo el concepto de que Jesús se dio en sacrificio por los pecadores (p. ej., Mt. 20:28; Gá. 1:4; 2:20; Ef. 5:2, 25; 1 Ti. 2:6; Tit. 2:14).
El Señor se refirió aquí proféticamente a su muerte en la cruz (2 Co. 5:21; Gá. 3:13; 1 P. 2:24), una entre muchas predicciones registradas en los Evangelios (Jn. 2:19-22; 12:24; Mt. 12:40; 16:21; 17:22; 20:18; Mr. 8:31; 9:31; 10-33-34; Lc. 9:22, 44; 18:31-33; 24:6-7).
El precio de la redención es el ofrecimiento que Jesús hace de su carne. Si Cristo tan solo hubiera venido y proclamado las normas de Dios, la humanidad habría quedado en un aprieto desesperanzado. Como nadie puede vivir de acuerdo a tales normas, no habría forma de que los pecadores tuvieran relación con Dios.
Pero “Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 P. 3:18; cp. 2:24; Is. 53:4-6; Ro. 3:21-26; 2 Co. 5:21), a fin de hacer posible la reconciliación entre el hombre pecador y el Dios santo.
Cristo se hizo el sacrificio final por el pecado, “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn. 1:29), porque “la paga del pecado es muerte” (Ro. 6:23) y “sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (He. 9:22).
Dios aceptó su muerte como el pago total del pecado (Ro. 3:25-26; 4:25; He. 2:17; 1 Jn. 2:2; 4:10), por todos los que creyeron y todos los que creerían, de modo que se otorgó perdón completo por los pecados de todos los fieles penitentes (Hch. 10:43; 13:38-39; Ef. 1:7; Col. 1:14; 2:13-14; 1 Jn. 1:9; 2:12).
La muerte de Cristo fue la satisfacción real y genuina de la justicia divina. Fue el pago verdadero y la expiación total—real, no potencial hecha por Cristo a Dios, en favor de todos los que creen, porque a estos Dios los eligió y redimió por su poder. La muerte de Cristo fue definitiva, particular, específica y real, a favor del pueblo escogido de Dios, limitada en su alcance por los propósitos divinos soberanos, pero ilimitada en sus efectos para todos por los que se ofreció.
La redención es la obra de Dios. Cristo murió para alcanzarla, no solo para hacerla posible y alcanzarla al final, cuando el pecador creyera. La Biblia no enseña que Jesús murió potencialmente por todos y por nadie en realidad. Por el contrario, Cristo procuraba la salvación de todo aquel que Dios llamara y justificara; Él pagó de verdad la pena por todos los que crean. Los pecadores no limitan la expiación por su falta de fe; Dios lo hace en su designio soberano.
Cristo ofreció su carne como sacrificio no solo por Israel, sino por todo el mundo (Jn. 1:29; 4:42; 1 Jn. 4:14). Murió por las personas de todas las razas, culturas, grupos étnicos y estratos sociales (cp. Gá. 3:28; Col. 3:11).
Así, Dios dijo en Isaías 45:22: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra” y Jesús comisionó a la Iglesia a hacer “discípulos a todas las naciones” (Mt. 28:19).
El Señor también declaró: “como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn 3:14-15) y “yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo” (12:32).
Él es el único Salvador para el mundo de pecadores perdidos.