A la vieja pregunta “Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?” (Job 14:14), la Biblia responde enfáticamente: Sí. Todas las personas, creyentes e incrédulas, resucitarán de los muertos un día. Todos vivirán para siempre, consciente e individualmente.
Hay dos aspectos de esa resurrección para el creyente: espiritual y física. En lo espiritual, los cristianos resucitan cuando Dios imparte la salvación a sus almas previamente muertas. Aunque estaban muertos en sus pecados (Ef. 2:1), ahora disfrutan la vida nueva en Cristo (Ro. 6:4).
En lo físico, los creyentes confían en que, aun cuando a la larga se debilitarán sus cuerpos terrenales, un día recibirán la resurrección de sus cuerpos que durarán para siempre. Recibirán nuevos cuerpos cuando el Señor Jesucristo “[transforme] el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas” (Fil. 3:21). El resultado será que los creyentes estén preparados para disfrutar la resurrección durante el milenio en perfección sin pecado, así como ser adecuados para la existencia eterna en los cielos nuevos y en la tierra nueva (cp. Ap. 21-22).
La Biblia enseña que los incrédulos también experimentarán la resurrección física. Pero como nunca experimentaron la resurrección espiritual, resucitarán para enfrentar la sentencia final ante el gran trono blanco. De acuerdo con su condenación, la resurrección eterna de sus cuerpos se adecuará al castigo eterno en el lago de fuego (Ap. 20:11-15).
Desde el libro de Génesis, la verdad de la resurrección se repite por todas las Escrituras. Cuando Abraham estaba a punto de sacrificar a su Hijo Isaac, “[dijo] a sus siervos: Esperad aquí con el asno, y yo y el muchacho iremos hasta allí y adoraremos, y volveremos a vosotros” (Gn. 22:5). Abraham confiaba en que Isaac y él volverían del sacrificio y por eso estaba dispuesto a matar a su hijo, pues sabía que “Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos” (He. 11:17-19) y así lo haría si fuera necesario para cumplir su palabra.
La fe de Abraham se reflejaba en otros santos del Antiguo Testamento. Job responde su propia pregunta—“Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?”—de la siguiente manera: “Todos los días de mi edad esperaré, hasta que venga mi liberación” (Job 14:14).
Después amplía su creencia en la resurrección del cuerpo:
Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios; al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mi corazón desfallece dentro de mí (Job 19:25-27).