Las mañanas en Cartagena se reciben al sabor de un café caliente. Esta bebida, característica por su sabor amargo y temperatura, en Colombia, se le llama «tinto». Brian Venera, investigador, tintero y promotor cultural del café, nos cuenta que el origen de este seudónimo está relacionado con las características de su cosecha, un café rojizo oscuro parecido al vino tinto.
Los orígenes del café en Colombia se vinculan a la llegada a América de los sacerdotes jesuitas, en el siglo XVII. En esa época el territorio recibía el nombre de Nueva Granada. Los sacerdotes traerían la semilla para consumo propio, dada la popularidad de la bebida en Europa. Debido a las condiciones del suelo, la cosecha arrojó un café de color rojo, de un sabor fuerte y de un tex suave, siendo este de mucho agrado para sus consumidores.
Existen narrativas que vinculan al sacerdote Francisco Romero en Salazar de las Palmas, Santander, con la popularización del sembrado del café. Se cuenta que cuando a este se le hacían confesiones, como penitencia les pedía a los pecadores sembrar café para redimir sus culpas, las cuales eran eximidas con la primera cosecha. Así, hacia los años 1850, se extendían las siembras de café en los departamentos de Cundinamarca, Antioquía y Caldas.
En el siglo XIX ya se había potenciado la producción de café de 60.000 a 600.000 sacos anuales, producidos regularmente por hacendados en su mayoría. Hacia finales de siglo ya era el principal producto de exportación del país con gran variedad de sabores.
La transición hacia el siglo XX trajo consigo la caída de los precios internacionales, por consiguiente se desató una crisis para los hacendados cambiando el panorama, permitiendo el ascenso de pequeños y medianos productores. Sobre 1927 nace la Federación Nacional de Cafeteros como organismo de agremiación, escenario clave para la organización de la industria.
Siendo Colombia un país rural, el café es una bebida indispensable en el consumo básico y cotidiano de los colombianos, lo que es ya tradicional. De esta manera empezó a ser común que personas salieran a vender café en las calles, siendo los termos y pocillos de cerámica los elementos básicos característicos para servir la bebida. El café de preparación era colado y, al acabarse el termo, los tinteros debían retornar a su lugar de abastecimiento, que solían ser sus propias casas. Esto los obligaba a tener rutas cortas cerca al hogar de origen.
En los años 70 y 80, los actores bélicos del conflicto armado desalojaron pueblos enteros al sur de Bolívar, Córdoba, Sucre y corregimientos de departamentos aledaños, desplazando a víctimas de diversas etnias, oficios y orígenes. Entre esas olas migratorias se encuentra la de los jóvenes indígenas zenúes, que llegaron a Cartagena sin contar con refugio, alojamiento, alimentación o vinculación laboral temprana; es cuando se les presentaba como oportunidad vender tinto.
Este relato se compila a través del podcast «Las Rutas del Tintero», realizado por Relato Migrante en el marco del proyecto Puentes de Comunicación. Este último es impulsado por Efecto Cocuyo y DW Akademie, y cuenta con el apoyo financiero del Ministerio Federal de Asuntos Exteriores de Alemania.
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