Es triste ver iglesias locales con altares vacíos y asientos llenos a la hora de responder a la voz de Dios.
Es triste saber que cuando cada hijo e hija de Dios debería ocupar un lugar de rodillas en el altar, nuestra soberbia, complejos, prejuicios e incluso ignorancia toman mayor partido en el corazón y mente.
Los altares en las iglesias locales están siendo abandonados poco a poco, sufriendo las consecuencias de congregaciones orgullosas, indiferentes y en muchos casos, mal enseñadas y dirigidas.
Recordemos, probemos, atesoremos y regresemos a ESE LUGAR LLAMADO ALTAR.