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La Biblia lo retrata con una imagen que todos entendemos:

Santiago 1:23–24 (NBLA):

“Porque si alguien es oidor de la palabra, y no hacedor, es semejante a un hombre que mira su rostro natural en un espejo; pues después de mirarse a sí mismo e irse, inmediatamente se olvida de qué clase de persona es.”

La Palabra es el espejo de Dios…

No para admirarte…

sino para confrontarte.

No para motivarte…

sino para transformarte.

El problema es que muchos se asoman al espejo de Dios, ven lo que hay…

y luego se van como si nada.

Se ven… pero no cambian.

Escuchan… pero no obedecen.

Se emocionan… pero no se rinden.

Y aquí está la tragedia moderna:

la Iglesia tiene Biblia, pero no siempre tiene obediencia.