En octubre de 1894 el emperador Alejandro III yacía muy grave en su lecho. Temiendo lo peor, Nicolás escribió a Alix pidiéndole que se reuniera con él en la residencia que la familia imperial tenía en Livadia, Crimea. La joven no se lo pensó un instante y a toda prisa, sin llamar la atención, hizo su equipaje y puso rumbo a su nueva patria.