Como el príncipe heredero Alexei era un niño vivaz y travieso sus padres decidieron seguir manteniendo en secreto su enfermedad. Incluso Pierre Gilliard, que fue preceptor de las grandes duquesas durante ocho años, desconocía la verdadera dolencia que aquejaba al zarevich.
Deprimida y abatida, Alejandra se refugió en la Iglesia ortodoxa y en su fe halló un verdadero consuelo a sus pesares.
El problema para Nicolás y Alejandra fue que Rasputín apodado - el Monje Loco -, a pesar de la fama que le precedía, no era un santo varón sino un farsante.