A pesar del hacinamiento y las enfermedades de Terezín, los romances como el de Oskar y Rita lograban florecer. Oía a muchas de las chicas de las barracas hablar de sus novios y de sus encuentros secretos. Veía cómo trataban de embellecerse sin nada más que sus dedos sucios y una gota de saliva en la palma de sus manos; cómo pellizcaban las mejillas se mordían los labios para que las pequeñas gotas de sangre sel dieran un viso de color.