El primer día que la conocí, le pregunté si la podía llevar al Café Viena, un restaurantucho en la esquina de la calle 76 Oeste y la avenida Columbus. Cada noche se atestaba de cientos de judíos fragmentados; cada uno de nosotros tenía a alguien a quien buscar. Mostraban fotografías y escribían los nombres de los desaparecidos en la parte interna de las cajas de cerillos. Todos nos encontrábamos a la deriva, los perdidos vivientes, tratando de hacer alguna conexión en caso de que alguien hubiera escuchado algo de otra persona persona que acabara de llegar - que hubiera sobrevivido- o que tuviera información.