Ahora, las manos de mi padre estaban enredadas en su cabello, con sus nudillos blancos como mármol, las venas de su cuello pulsando fuertemente.
¡Somos checos! espetó con furia. Quienquiera que nos llame zid y no checos está mintiendo.
¿Qué dijo la policia? pregunté. Mi maleta seguía junto a la puerta de entrada y mi cabeza era una confusión de imágenes e ideas que no podía calmar.
¿Polocía? mi padre volvió su rostro hacia mí, cegado de rabia ¿La policía ¿, Lenka?
Y entonces, de la misma manera en que me había sorprendido mi madre, lo hizo ahora mi padre, pero esta vez por la demencia que se percibía en su risa.