A unos pasos del puente Gálata, Ventura y su madre se sentaron en una banca a descansar de su caminata; desde ahí observaron a la gente que bajaba del tranvía y escogía por cuál de las seis diferentes entradas introducirse a ese mundo en el que se respiraba una mezcla de comino, orégano y clavo. Doña Sara sabía con precisión a qué puerta dirigirse.