Tengo miedo trató de decir Severo y ella tal vez no oyó su balbuceo pero adivinó su terror, porque se quitó una medallita de plata del cuello y se la puso entre las manos Que la Virgen te ayude, murmuró e inclinándose lo besó levemente en los labios antes de irse.
Severo se quedó con el roce de esos labios y la medalla apretada en su palma. Tiritaba, le castañeaban los dientes, artía de fiebre; se dormía o se desmayaba a ratos y cuando recuperaba la consciencia el dolor lo atontaba.