Cabalgaba cerro arriba y valle abajo hasta los tupidos bosques, un paraiso de alerce, laurel, canelo, mañío, arrayán y milenarias auraucarias, maderas finas que los Domingu, aez explotaban en el aserradero. Me embriagaba la fragancia de la selva mojada, ese aroma sensual de tierra roja, savia y raíces; la paz de la espesura, confiando en el instinto de mi yegua.