Doña Elvira había pasado esos meses envuelta en chales, de la cama al sillón, cada vez más débil. Una vez al mes, muy discretamente, me preguntaba si "no había novedad" y como no la había, aumentaba sus oraciones para que Diego y yo le dieramos más nietos. A pesar de las noches larguísimas de ese invierno, la intimidad con mi marido no mejoró.