Desde su sillón de enferma doña Elvira observaba la vida de la familia sin perder detalle y se dio cuenta de las prolongadas ausencias de Diego y mi desolación, sumó dos y dos y llegó a algunas conclusiones. Su delicadeza y la costumbre tan chilena de no hablar de sentimientos le impedían enfrentar el problema directamente, pero en las muchas horas que pasamos juntas y solas se fue produciendo un acercamiento íntimo entre las dos.