Aún recuerdo cuando hace años paseaba por el Raval de Barcelona. Sus gentes, sus comercios, el ambiente que se respiraba me transmitían un sinfín de sensaciones. Entonces me llamó la atención una chica que llevaba una pancarta con la que te invitaba a darle un fuerte abrazo. La gran mayoría de personas pasaban por su lado sin prestarle ninguna atención. De vez en cuando algún turista se paraba y al final la abrazaban. Pero no nos engañemos: lo hacían por el simple hecho de hacer la gracia y algún que otro para echarse una foto con ella. Si he de ser sincero, durante todo el tiempo que la estuve mirando, tan solo hubo una mujer de avanzada edad que le dio un fuerte abrazo. Me llamó la atención sus ojos, tristes y brillantes a la vez.
Ahora desde el confinamiento, me doy cuenta de lo que ese abrazo significaba. No hay ni un solo día que no me arrepienta el no haber sabido aprovechar tan mágico momento.
Solo espero poder ir a Barcelona y buscar el abrazo que perdí. Espero volverla a encontrar. Sé que no será fácil y también sé que aún tendré que esperar unos días, pero pienso que lo que más he aprendido durante todo este tiempo es el valor de poder volver a abrazar.