Listen

Description

Mis palabras me condenan
Hace frío, hace mucho frío acá. Por suerte este edificio tiene muchos pisos, y puedo elegir la habitación que más me guste. Estoy en el tercero porque para ver el amanecer, prefiero las ventanas que dan al lago. 
A veces me parece que me están espiando, así que ni me asomo. 
Algunos días escucho pasos en la planta baja, supongo que son chicos. Los chicos me molestan. Pero no les tengo miedo. 
Lo malo de este lugar es la falta de comida. Hace tiempo que no tengo qué comer, y me voy debilitando. Temo no poder correr cuando vengan a buscarme. Si alguno me alcanza, aunque sea sólo uno de ellos, no podré escapar.
Esta noche el silencio es más pronunciado. Pesa. Como en los viejos tiempos, cuando peléabamos con Ágata, y ella se encerraba en un silencio hostil durante días. Cómo me costaba romper ese hielo. 
No sé por qué recuerdo eso ahora, si fue hace tanto tiempo. Ya ni me acuerdo de cómo la perdí. Creo que por la invasión, cuando todos se murieron de golpe, y ella decidió morirse. Siempre le gustaron las modas, seguir a la mayoría. 
Pero, sobre todo, le gustaba la idea de resurrección. Morirse y volverse a levantar. Qué idea absurda. Y sin embargo, pasó. 
Cuando volvió, no era la misma. Había logrado su objetivo, sí, pero ya no era la misma. Había perdido esa mirada, rebelde y dulce al mismo tiempo, que tanto me atraía. Había perdido el color blanco brillante de su piel. Había perdido la cordura, y entonces yo también perdí la cabeza por ella. Cuando me mordió, supe que seguiría su destino. Lo que no sabía era que ella desaparecería tan pronto, dejándome solo otra vez.
—¡Quieto! —Me sorprenden unos gritos, porque no oí a nadie llegar. 
Ahí los veo: son como diez tipos de blanco, y me apuntan con armas de fuego. 
Me corre una gota fría por la espalda. La única salida posible es la ventana. No estoy preparado para saltar desde tan alto.
—M-me rin… Me ri-rindo. —Las palabras salen torpes de mi boca—. No me ma-ten. 
—¿“No me maten”? —dice uno de ellos en medio de una risotada—. Ya estás muerto, amigo.
—No vinimos a matarte —dice otro—: te llevamos con nosotros.
No puede ser, pienso, los zombis no somos bienvenidos en ningún lado. Mi boca se resiste a decirlo. Pero los miro otra vez, veo sus miradas ansiosas, y lo comprendo todo: seré el conejillo de indias, porque soy el único zombi que puede hablar.